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La Valla, 15 de agosto de 1816: El día en que comenzó el sueño marista bajo el manto de María
Hay fechas que quedan grabadas en el calendario litúrgico como simples celebraciones eclesiásticas, y hay otras que funcionan como bisagras de la historia. Para la familia marista en todo el mundo, el 15 de agosto representa ambas cosas: la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María y el momento exacto en que un joven y decidido sacerdote, Marcelino Champagnat, encendió la llama de una misión educadora y comunitaria que hoy se extiende por los cinco continentes.
Un compromiso sellado en las alturas de Fourvière
Para comprender la magnitud de lo ocurrido aquel 15 de agosto de 1816 en la humilde parroquia de La Valla-en-Gier, es preciso retroceder apenas tres semanas. El 23 de julio de ese mismo año, un grupo de doce jóvenes sacerdotes y seminaristas de Lyon —entre los que figuraba Champagnat— subió al célebre santuario de Nuestra Señora de Fourvière.
Allí, a los pies de la Virgen, firmaron la histórica Promesa de la Sociedad de María, comprometiéndose a consagrar sus vidas a la creación de una orden dedicada al servicio, la enseñanza y la evangelización de la juventud más desatendida.
El inicio del apostolado en La Valla
Con el impulso espiritual de Fourvière y apenas recién ordenado, Marcelino Champagnat no perdió tiempo. Escogió precisamente el 15 de agosto de 1816 —día de la gran Fiesta Patronal dedicada a la Asunción de María— para tomar posesión de su vicaría en La Valla e iniciar formalmente su apostolado.
Aquella elección no fue casual. Champagnat quiso poner su incipiente proyecto pedagógico y pastoral bajo la protección directa de María, a quien los maristas reconocen como su «Buena Madre» y primera educadora. Apenas unos meses después, en enero de 1817, ese mismo vigor lo llevaría a fundar la congregación de los Hermanitos de María (Hermanos Maristas) en esa misma localidad rural.
Un legado que perdura
Cada 15 de agosto, la red de colegios, obras sociales y comunidades maristas distribuidas en más de 80 países rememora este hito transformador. La fiesta patronal de la Asunción trasciende el culto litúrgico: es un recordatorio anual del audaz «sí» de Champagnat y de la vigencia de una misión nacida en un pequeño pueblo francés para llevar educación, presencia y afecto a millones de niños y jóvenes.
Hoy, más de dos siglos después, el eco de aquel 15 de agosto de 1816 sigue resonando con fuerza. No celebramos simplemente un evento del pasado, sino la vigencia de un sueño que, bajo la mirada tierna de María, se renueva día a día en cada rincón del mundo marista. El legado de Marcelino Champagnat nos invita a mirar hacia adelante con la misma audacia y confianza, para seguir siendo, en medio de los desafíos actuales, una «presencia» que acoge, educa y transforma vidas.
Que la «Buena Madre» continúe inspirando nuestra misión de «dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar», hoy y siempre.
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