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La doble sacudida que hirió a Venezuela

  Caracas, julio de 2026

Hay fechas que se graban en la memoria de un país no por los desfiles, sino por el silencio que dejan. Para nosotros, el 24 de junio solía ser un día de tambores caprichosos por San Juan o de conmemoraciones históricas por Carabobo. Pero este 2026 nos cambió el calendario. A las 5:04 de la tarde, la geografía nos recordó, con una violencia inédita en más de un siglo, lo vulnerables que somos.

No fue un sismo común. Fueron dos. Dos puñetazos secos con apenas 39 segundos de diferencia. El primero, un premonitor de magnitud 7.2; el segundo, el verdadero zarpazo de 7.5. En la escala sismológica son números; en la calle, se tradujeron en tres minutos de un rugido subterráneo que parecía no terminar nunca. Tres minutos en los que Caracas, Yaracuy y, de manera devastadora, La Guaira, se movieron como hojas al viento.

A semanas de la tragedia, cuando las cifras oficiales ya superan los 3.600 fallecidos y los heridos se cuentan por miles, la polvareda del concreto empieza a asentarse, pero el dolor se ha quedado estancado en el pecho de la nación.

La Guaira y el eco del concreto

Si uno baja hoy por la autopista hacia el estado La Guaira, el paisaje sobrecoje. Lo que para muchos era el escape del fin de semana, la brisa marina y el descanso, hoy es la «zona cero». En lugares como Tanaguarena o Caraballeda, ver las estructuras colapsadas o ladeadas como gigantes heridos estremece el alma.

Allí se perdieron vidas jóvenes, promesas del deporte, músicos ensayando, familias enteras. Los estragos en los edificios y en los hogares nos obligan a una reflexión profunda e incómoda como sociedad: ¿cuánto de esto fue la naturaleza y cuánto la falta de previsión en nuestras construcciones? El semáforo de riesgo que hoy intentan aplicar las alcaldías en los edificios —marcando con rojo, amarillo o verde el destino de tantas estructuras— llega tarde para quienes lo perdieron todo bajo los escombros.

En Caracas, urbanizaciones como Los Palos Grandes o Altamira sufrieron el impacto, y el silencio que hoy reina en algunos de sus rincones contrasta con el caos de aquella tarde, cuando la gente corría sin saber si el suelo bajo sus pies resistiría una réplica más. Incluso espacios sagrados para nuestra identidad, como la Ciudad Universitaria, sufrieron los embates de las sacudidas.

La paradoja de la solidaridad

Es imposible no detenerse en el contraste de las reacciones humanas. En los momentos más oscuros, brotó la Venezuela que nos conmueve: el vecino que arriesgó su vida para sacar a un anciano entre los bloques caídos, las iniciativas digitales como Desaparecidos Terremoto Venezuela creadas a contrarreloj por ciudadanos comunes, y la inmensa voluntad de ayudar.

Sin embargo, también vimos la otra cara. La de la mezquindad de la burocracia que, en medio de la peor emergencia humanitaria de nuestra historia reciente, intentó retener o canalizar políticamente los insumos que la gente donaba con el corazón. Es doloroso escribirlo, pero el periodismo no puede apartar la mirada: la crisis institucional del país también crujió el 24 de junio.

 

Lo que queda cuando la tierra calla

Los terremotos tienen una particularidad: desnudan las realidades de los países que sacuden. Nos obligan a mirarnos en el espejo de nuestras carencias, de la falta de hospitales preparados, de la ausencia de una cultura sísmica robusta en un territorio que, por naturaleza, es inestable.

Hoy, las cruces blancas en los cementerios transitorios y el silencio de los desaparecidos que aún se buscan nos recuerdan que la reconstrucción no será solo un asunto de cabillas, cemento y presupuestos millonarios. Sanar esta herida requerirá reconstruir también el tejido social, la empatía y la responsabilidad. La tierra ya dejó de temblar, pero los venezolanos seguimos con el alma en vilo, esperando que esta tremenda sacudida sirva, al menos, para despertarnos.